jueves, 27 de abril de 2017

Hace tres años el Papa Francisco canonizaba a Juan XXIII y Juan Pablo II

SANTA MISA Y CANONIZACIÓN DE LOS BEATOS JUAN XXIII Y JUAN PABLO II
HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO




Plaza de San Pedro
II Domingo de Pascua (o de la Divina Misericordia), 27 de abril de
2014

En el centro de este domingo, con el que se termina la octava de
pascua, y que san Juan Pablo II quiso dedicar a la Divina
Misericordia, están las llagas gloriosas de Cristo resucitado.
Él ya las enseñó la primera vez que se apareció a los apóstoles la
misma tarde del primer día de la semana, el día de la
resurrección. Pero Tomás aquella tarde, como hemos escuchado, no
estaba; y, cuando los demás le dijeron que habían visto al Señor,
respondió que, mientras no viera y tocara aquellas llagas, no lo
creería. Ocho días después, Jesús se apareció de nuevo en el
cenáculo, en medio de los discípulos: Tomás también estaba; se
dirigió a él y lo invitó a tocar sus llagas. Y entonces, aquel
hombre sincero, aquel hombre acostumbrado a comprobar
personalmente las cosas, se arrodilló delante de Jesús y dijo:
«Señor mío y Dios mío» (Jn 20,28).
Las llagas de Jesús son un escándalo para la fe, pero son también
la comprobación de la fe. Por eso, en el cuerpo de Cristo
resucitado las llagas no desaparecen, permanecen, porque aquellas
llagas son el signo permanente del amor de Dios por nosotros, y
son indispensables para creer en Dios. No para creer que Dios
existe, sino para creer que Dios es amor, misericordia, fidelidad.
San Pedro, citando a Isaías, escribe a los cristianos: «Sus
heridas nos han curado» (1 P 2,24; cf. Is 53,5).
San Juan XXIII y san Juan Pablo II tuvieron el valor de mirar las
heridas de Jesús, de tocar sus manos llagadas y su costado
traspasado. No se avergonzaron de la carne de Cristo, no se
escandalizaron de él, de su cruz; no se avergonzaron de la carne
del hermano (cf. Is 58,7), porque en cada persona que sufría veían
a Jesús. Fueron dos hombres valerosos, llenos de la parresia del
Espíritu Santo, y dieron testimonio ante la Iglesia y el mundo de
la bondad de Dios, de su misericordia.
Fueron sacerdotes y obispos y papas del siglo XX. Conocieron sus
tragedias, pero no se abrumaron. En ellos, Dios fue más fuerte;
fue más fuerte la fe en Jesucristo Redentor del hombre y Señor de
la historia; en ellos fue más fuerte la misericordia de Dios que
se manifiesta en estas cinco llagas; más fuerte, la cercanía
materna de María.
En estos dos hombres contemplativos de las llagas de Cristo y
testigos de su misericordia había «una esperanza viva», junto a un
«gozo inefable y radiante» (1 P 1,3.8). La esperanza y el gozo que
Cristo resucitado da a sus discípulos, y de los que nada ni nadie
les podrá privar. La esperanza y el gozo pascual, purificados en
el crisol de la humillación, del vaciamiento, de la cercanía a los
pecadores hasta el extremo, hasta la náusea a causa de la amargura
de aquel cáliz. Ésta es la esperanza y el gozo que los dos papas
santos recibieron como un don del Señor resucitado, y que a su vez
dieron abundantemente al Pueblo de Dios, recibiendo de él un
reconocimiento eterno.
Esta esperanza y esta alegría se respiraba en la primera comunidad
de los creyentes, en Jerusalén, de la que hablan los Hechos de los
Apóstoles (cf. 2,42-47), como hemos escuchado en la segunda
Lectura. Es una comunidad en la que se vive la esencia del
Evangelio, esto es, el amor, la misericordia, con simplicidad y
fraternidad.
Y ésta es la imagen de la Iglesia que el Concilio Vaticano II tuvo
ante sí. Juan XXIII yJuan Pablo II colaboraron con el Espíritu
Santo para restaurar y actualizar la Iglesia según su fisionomía
originaria, la fisionomía que le dieron los santos a lo largo de
los siglos. No olvidemos que son precisamente los santos quienes
llevan adelante y hacen crecer la Iglesia. En la convocatoria del
Concilio, san Juan XXIII demostró una delicada docilidad al
Espíritu Santo, se dejó conducir y fue para la Iglesia un pastor,
un guía-guiado, guiado por el Espíritu. Éste fue su gran servicio
a la Iglesia; por eso me gusta pensar en él como el Papa de la
docilidad al Espíritu santo.
En este servicio al Pueblo de Dios, san Juan Pablo II fue el Papa
de la familia. Él mismo, una vez, dijo que así le habría gustado
ser recordado, como el Papa de la familia. Me gusta subrayarlo
ahora que estamos viviendo un camino sinodal sobre la familia y
con las familias, un camino que él, desde el Cielo, ciertamente
acompaña y sostiene.
Que estos dos nuevos santos pastores del Pueblo de Dios intercedan
por la Iglesia, para que, durante estos dos años de camino
sinodal, sea dócil al Espíritu Santo en el servicio pastoral a la
familia. Que ambos nos enseñen a no escandalizarnos de las llagas
de Cristo, a adentrarnos en el misterio de la misericordia divina
que siempre espera, siempre perdona, porque siempre ama.

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