domingo, 16 de abril de 2017

El Papa Francisco le hablaba a la comunidad católica griega, hace un año


VISITA DEL SANTO PADRE FRANCISCO A LESBOS (GRECIA)
 
ENCUENTRO CON LA POBLACIÓN Y CON LA COMUNIDAD CATÓLICA.
 MEMORIA DE LAS VÍCTIMAS DE LAS MIGRACIONES

Puesto de la Guardia Costera
 Sábado 16 de abril de 2016


Señor Jefe de Gobierno,
 Distinguidas Autoridades
 Queridos hermanos y hermanas:
Desde que Lesbos se ha convertido en un lugar de llegada para
muchos emigrantes en busca de paz y dignidad, he tenido el deseo
de venir aquí. Hoy, agradezco a Dios que me lo haya concedido. Y
agradezco al Presidente Paulopoulos haberme invitado, junto al
Patriarca Bartolomé y al Arzobispo Ieronymos.
Quisiera expresar mi admiración por el pueblo griego que, a pesar
de las graves dificultades que tiene que afrontar, ha sabido
mantener abierto su corazón y sus puertas. Muchas personas
sencillas han ofrecido lo poco que tenían para compartirlo con los
que carecían de todo. Dios recompensará esta generosidad, así como
la de otras naciones vecinas, que desde el primer momento han
acogido con gran disponibilidad a muchos emigrantes forzados.
Es también una bendición la presencia generosa de tantos
voluntarios y de numerosas asociaciones, las cuales, junto con las
distintas instituciones públicas, han llevado y están llevando su
ayuda, manifestando de una manera concreta su fraterna cercanía.
Quisiera renovar hoy el vehemente llamamiento a la responsabilidad
y a la solidaridad frente a una situación tan dramática. Muchos de
los refugiados que se encuentran en esta isla y en otras partes de
Grecia están viviendo en unas condiciones críticas, en un clima de
ansiedad y de miedo, a veces de desesperación, por las
dificultades materiales y la incertidumbre del futuro.
La preocupación de las instituciones y de la gente, tanto aquí en
Grecia como en otros países de Europa, es comprensible y legítima.
Sin embargo, no debemos olvidar que los emigrantes, antes que
números son personas, son rostros, nombres, historias. Europa es
la patria de los derechos humanos, y cualquiera que ponga pie en
suelo europeo debería poder experimentarlo. Así será más
consciente de deberlos a su vez respetar y defender. Por
desgracia, algunos, entre ellos muchos niños, no han conseguido ni
siquiera llegar: han perdido la vida en el mar, víctimas de un
viaje inhumano y sometidos a las vejaciones de verdugos infames.
Vosotros, habitantes de Lesbos, demostráis que en estas tierras,
cuna de la civilización, sigue latiendo el corazón de una
humanidad que sabe reconocer por encima de todo al hermano y a la
hermana, una humanidad que quiere construir puentes y rechaza la
ilusión de levantar muros con el fin de sentirse más seguros. En
efecto, las barreras crean división, en lugar de ayudar al
verdadero progreso de los pueblos, y las divisiones, antes o
después, provocan enfrentamientos.
Para ser realmente solidarios con quien se ve obligado a huir de
su propia tierra, hay que esforzarse en eliminar las causas de
esta dramática realidad: no basta con limitarse a salir al paso de
la emergencia del momento, sino que hay que desarrollar políticas
de gran alcance, no unilaterales. En primer lugar, es necesario
construir la paz allí donde la guerra ha traído muerte y
destrucción, e impedir que este cáncer se propague a otras partes.
Para ello, hay que oponerse firmemente a la proliferación y al
tráfico de armas, y sus tramas a menudo ocultas; hay que dejar sin
apoyos a todos los que conciben proyectos de odio y de violencia.
Por el contrario, se debe promover sin descanso la colaboración
entre los países, las organizaciones internacionales y las
instituciones humanitarias, no aislando sino sosteniendo a los que
afrontan la emergencia. En esta perspectiva, renuevo mi esperanza
de que tenga éxito la primera Cumbre Humanitaria Mundial, que
tendrá lugar en Estambul el próximo mes.
Todo esto sólo se puede hacer juntos: juntos se pueden y se deben
buscar soluciones dignas del hombre a la compleja cuestión de los
refugiados. Y para ello es también indispensable la aportación de
las Iglesias y Comunidades religiosas. Mi presencia aquí, junto
con el Patriarca Bartolomé y el Arzobispo Hieronymos, es un
testimonio de nuestra voluntad de seguir cooperando para que este
desafío crucial se convierta en una ocasión, no de confrontación,
sino de crecimiento de la civilización del amor.
Queridos hermanos y hermanas, ante las tragedias que golpean a la
humanidad, Dios no es indiferente, no está lejos. Él es nuestro
Padre, que nos sostiene en la construcción del bien y en el
rechazo al mal. No sólo nos apoya, sino que, en Jesús, nos ha
indicado el camino de la paz. Frente al mal del mundo, él se hizo
nuestro servidor, y con su servicio de amor ha salvado al mundo.
Esta es la verdadera fuerza que genera la paz. Sólo el que sirve
con amor construye la paz. El servicio nos hace salir de nosotros
mismos para cuidar a los demás, no deja que las personas y las
cosas se destruyan, sino que sabe protegerlas, superando la dura
costra de la indiferencia que nubla la mente y el corazón.
Gracias a vosotros, porque sois los custodios de la humanidad,
porque os hacéis cargo con ternura de la carne de Cristo, que
sufre en el más pequeño de los hermanos, hambriento y forastero, y
que vosotros habéis acogido (cf. Mt 25,35).
Συχαριστώ!

MEMORIA DE LAS VÍCTIMAS DE LAS MIGRACIONES

Oración

SU SANTIDAD EL PAPA FRANCISCO
Dios de Misericordia,
 te pedimos por todos los hombres, mujeres y niños
 que han muerto después de haber dejado su tierra,
 buscando una vida mejor.
 Aunque muchas de sus tumbas no tienen nombre,
 para ti cada uno es conocido, amado y predilecto.
 Que jamás los olvidemos,
 sino que honremos su sacrificio con obras más que con palabras.
Te confiamos a quienes han realizado este viaje,
 afrontando el miedo, la incertidumbre y la humillación,
 para alcanzar un lugar de seguridad y de esperanza.
 Así como tú no abandonaste a tu Hijo
 cuando José y María lo llevaron a un lugar seguro,
 muéstrate cercano a estos hijos tuyos
 a través de nuestra ternura y protección.
 Haz que, con nuestra atención hacia ellos,
 promovamos un mundo en el que nadie se vea forzado a dejar su
propia casa
 y todos puedan vivir en libertad, dignidad y paz.
Dios de misericordia y Padre de todos,
 despiértanos del sopor de la indiferencia,
 abre nuestros ojos a sus sufrimientos
 y líbranos de la insensibilidad, fruto del bienestar mundano
 y del encerrarnos en nosotros mismos.
 Ilumina a todos, a las naciones, comunidades y a cada uno de
nosotros,
 para que reconozcamos como nuestros hermanos y hermanas
 a quienes llegan a nuestras costas.
 Ayúdanos a compartir con ellos las bendiciones
 que hemos recibido de tus manos y a reconocer que juntos,
 como una única familia humana,
 somos todos emigrantes, viajeros de esperanza hacia ti,
 que eres nuestra verdadera casa,
 allí donde toda lágrima será enjugada,
 donde estaremos en la paz y seguros en tu abrazo.

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