VIAJE APOSTÓLICO DEL PAPA FRANCISCO A EGIPTO
(28-29 DE ABRIL DE 2017)
(28-29 DE ABRIL DE 2017)
SANTA MISA
HOMILÍA DEL SANTO PADRE
Air Defense Stadium, El Cairo
Sábado 29 de abril de 2017
Al Salamò Alaikum / La paz sea con vosotros.
Hoy, III domingo de Pascua, el Evangelio nos habla del camino que
hicieron los dos discípulos de Emaús tras salir de Jerusalén. Un
Evangelio que se puede resumir en tres palabras: muerte,
resurrección y vida.
Muerte: los dos discípulos regresan a sus quehaceres cotidianos,
llenos de desilusión y desesperación. El Maestro ha muerto y por
tanto es inútil esperar. Estaban desorientados, confundidos y
desilusionados. Su camino es un volver atrás; es alejarse de la
dolorosa experiencia del Crucificado. La crisis de la Cruz, más
bien el «escándalo» y la «necedad» de la Cruz (cf. 1 Co 1,18;
2,2), ha terminado por sepultar toda esperanza. Aquel sobre el que
habían construido su existencia ha muerto y, derrotado, se ha
llevado consigo a la tumba todas sus aspiraciones.
No podían creer que el Maestro y el Salvador que había resucitado
a los muertos y curado a los enfermos pudiera terminar clavado en
la cruz de la vergüenza. No podían comprender por qué Dios
Omnipotente no lo salvó de una muerte tan infame. La cruz de
Cristo era la cruz de sus ideas sobre Dios; la muerte de Cristo
era la muerte de todo lo que ellos pensaban que era Dios. De
hecho, los muertos en el sepulcro de la estrechez de su
entendimiento.
Cuantas veces el hombre se auto paraliza, negándose a superar su
idea de Dios, de un dios creado a imagen y semejanza del hombre;
cuantas veces se desespera, negándose a creer que la omnipotencia
de Dios no es la omnipotencia de la fuerza o de la autoridad, sino
solamente la omnipotencia del amor, del perdón y de la vida.
Los discípulos reconocieron a Jesús «al partir el pan», en la
Eucarística. Si nosotros no quitamos el velo que oscurece nuestros
ojos, si no rompemos la dureza de nuestro corazón y de nuestros
prejuicios nunca podremos reconocer el rostro de Dios.
Resurrección: en la oscuridad de la noche más negra, en la
desesperación más angustiosa, Jesús se acerca a los dos discípulos
y los acompaña en su camino para que descubran que él es «el
camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6). Jesús trasforma su
desesperación en vida, porque cuando se desvanece la esperanza
humana comienza a brillar la divina: «Lo que es imposible para los
hombres es posible para Dios» (Lc 18,27; cf. 1,37). Cuando el
hombre toca fondo en su experiencia de fracaso y de incapacidad,
cuando se despoja de la ilusión de ser el mejor, de ser
autosuficiente, de ser el centro del mundo, Dios le tiende la mano
para transformar su noche en amanecer, su aflicción en alegría, su
muerte en resurrección, su camino de regreso en retorno a
Jerusalén, es decir en retorno a la vida y a la victoria de la
Cruz (cf. Hb 11,34).
Los dos discípulos, de hecho, luego de haber encontrado al
Resucitado, regresan llenos de alegría, confianza y entusiasmo,
listos para dar testimonio. El Resucitado los ha hecho resurgir de
la tumba de su incredulidad y aflicción. Encontrando al
Crucificado-Resucitado han hallado la explicación y el
cumplimiento de las Escrituras, de la Ley y de los Profetas; han
encontrado el sentido de la aparente derrota de la Cruz.
Quien no pasa a través de la experiencia de la cruz, hasta llegar
a la Verdad de la resurrección, se condena a sí mismo a la
desesperación. De hecho, no podemos encontrar a Dios sin
crucificar primero nuestra pobre concepción de un dios que sólo
refleja nuestro modo de comprender la omnipotencia y el poder.
Vida: el encuentro con Jesús resucitado ha transformado la vida de
los dos discípulos, porque el encuentro con el Resucitado
transforma la vida entera y hace fecunda cualquier esterilidad
(cf. Benedicto XVI, Audiencia General, 11 abril 2007). En efecto,
la Resurrección no es una fe que nace de la Iglesia, sino que es
la Iglesia la que nace de la fe en la Resurrección. Dice san
Pablo: «Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y
vana también vuestra fe» (1 Co 15,14).
El Resucitado desaparece de su vista, para enseñarnos que no
podemos retener a Jesús en su visibilidad histórica:
«Bienaventurados los que crean sin haber visto» (Jn 20,29 y cf.
20,17). La Iglesia debe saber y creer que él está vivo en ella y
que la vivifica con la Eucaristía, con la Escritura y con los
Sacramentos. Los discípulos de Emaús comprendieron esto y
regresaron a Jerusalén para compartir con los otros su
experiencia. «Hemos visto al Señor […]. Sí, en verdad ha
resucitado» (cf. Lc 24,32).
La experiencia de los discípulos de Emaús nos enseña que de nada
sirve llenar de gente los lugares de culto si nuestros corazones
están vacíos del temor de Dios y de su presencia; de nada sirve
rezar si nuestra oración que se dirige a Dios no se transforma en
amor hacia el hermano; de nada sirve tanta religiosidad si no está
animada al menos por igual fe y caridad; de nada sirve cuidar las
apariencias, porque Dios mira el alma y el corazón (cf. 1 S 16,7)
y detesta la hipocresía (cf. Lc 11,37-54; Hch 5,3-4)[1]. Para
Dios, es mejor no creer que ser un falso creyente, un hipócrita.
La verdadera fe es la que nos hace más caritativos, más
misericordiosos, más honestos y más humanos; es la que anima los
corazones para llevarlos a amar a todos gratuitamente, sin
distinción y sin preferencias, es la que nos hace ver al otro no
como a un enemigo para derrotar, sino como a un hermano para amar,
servir y ayudar; es la que nos lleva a difundir, a defender y a
vivir la cultura del encuentro, del diálogo, del respeto y de la
fraternidad; nos da la valentía de perdonar a quien nos ha
ofendido, de ayudar a quien ha caído; a vestir al desnudo; a dar
de comer al que tiene hambre, a visitar al encarcelado; a ayudar a
los huérfanos; a dar de beber al sediento; a socorrer a los
ancianos y a los necesitados (cf. Mt 25,31-45). La verdadera fe es
la que nos lleva a proteger los derechos de los demás, con la
misma fuerza y con el mismo entusiasmo con el que defendemos los
nuestros. En realidad, cuanto más se crece en la fe y más se
conoce, más se crece en la humildad y en la conciencia de ser
pequeño.
Queridos hermanos y hermanas:
A Dios sólo le agrada la fe profesada con la vida, porque el único
extremismo que se permite a los creyentes es el de la caridad.
Cualquier otro extremismo no viene de Dios y no le agrada.
Ahora, como los discípulos de Emaús, regresad a vuestra Jerusalén,
es decir, a vuestra vida cotidiana, a vuestras familias, a vuestro
trabajo y a vuestra patria llenos de alegría, de valentía y de fe.
No tengáis miedo a abrir vuestro corazón a la luz del Resucitado y
dejad que él transforme vuestras incertidumbres en fuerza positiva
para vosotros y para los demás. No tengáis miedo a amar a todos,
amigos y enemigos, porque el amor es la fuerza y el tesoro del
creyente.
La Virgen María y la Sagrada Familia, que vivieron en esta bendita
tierra, iluminen nuestros corazones y os bendigan a vosotros y al
amado Egipto que, en los albores del cristianismo, acogió la
evangelización de san Marcos y ha dado a lo largo de la historia
numerosos mártires y una gran multitud de santos y santas.
Al Massih Kam / Bilhakika kam! – Cristo ha Resucitado. /
Verdaderamente ha Resucitado.
[1]Dice san Efrén: «Quitad la máscara que cubre al hipócrita y
vosotros no veréis más que podredumbre» ( Serm.). «Ay de los que
habéis perdido la esperanza», afirma el Eclesiástico (2,14 Vulg.).

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